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El
hielo parece una piedra. El hombre parece un dios. Pero
el hombre y el hielo tienen prisa. |
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Tal vez no
sea yo quien muera en mi morir. ¿Acaso fui yo quien
nació en mi nacer? |
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En una calle,
un hombre esperaba que pasara alguien. Y no pasaba nadie.
El esperó, esperó. Y no pasó nadie.
Entonces salió huyendo. Y tampoco encontró
a nadie. Aquel hombre terminó por darse cuenta: él
era nadie. |
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El amor nunca
se consuma. Antes de su supuesta consumación, porque
falta algo. Después, porque sobra algo y sobrar es
otra manera de faltar. Y el instante de su aparente consumación
no es más que un vértigo que huye, un relámpago
fantasmal que superpone aproximación y alejamiento,
lo lleno y lo vacío. Un punto que se borra en el
momento mismo de colocarlo. Sólo queda el recuerdo
de una posibilidad que pareció realizable. En consecuencia,
llamamos consumación a una pérdida. Tal vez
una pérdida necesaria. O quizá no. |
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La poesía
es un ademán del espíritu que va ganando otra
razón. |
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Hay que dejar
que se forme en cada uno el negativo de su imagen. No para
ver lo que no somos, sino para reconocer lo que somos. Es
el primer paso para liberar nuestra imagen, para acceder
a la forma libre de nuestra imagen. Pero hay una condición:
no revelar el negativo. |
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Todo está
al término de una larga paciencia. Tan larga que
parece a veces exceder a la vida. |
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Si borro
mi nombre al pie de un texto que he escrito, ese texto me
parece incompleto. Sin embargo, es entonces cuando está
más completo. La anonimia es la rúbrica más
segura. |
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Hacer poemas
para dormir con ellos, poemas que penetren en la imaginación
del sueño y desaceleren sus vértigos, descontando
con abismal lentitud los días no vividos de la vida
y también los que no se vivirán en la muerte. |
[93] |
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Al partir,
no mirar hacia atrás. O mirar tan atrás que
adelante y atrás se junten. |
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A partir
de cierto instante, sólo queda el tiempo del abismo.
O el abismo sin tiempo. |
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No encontramos
a veces las palabras que debemos decir en un lugar y en
cambio las hallamos en otro, donde no nos atrevemos a decirlas.
¿Qué pasaría si nos atreviéramos?
¿Acaso el silencio que guardamos en un sitio no es
válido también en otro? Debemos tratar a las
palabras como tratamos al silencio. |
[119] |
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Hemos aprendido
a escribir sobre todas las superficies, hasta sobre el agua.
Pero no hemos aprendido a escribir encima del silencio,
quizá porque no sabemos escribir con el silencio. |
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