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Introducción
Casi razón. Poco
menos que razón. Deslizamiento de algo que no quiere alcanzar
la razón, para no quedar anclado en su acotada zona. La
pretensión de querer tener razón, desvía
el pensamiento y lo convierte en rígida estatuaria mental.
Contenerse en algo menos que razón quizá permita,
en cambio, atisbar otros territorios más libres de la creación
humana, como la poesía o ciertos inesperados paisajes de
la imaginación. Un poco menos que razón puede llevarnos
a algo más que razón.
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Entre
quien da y quien recibe, entre quien habla y quien
escucha, hay una eternidad sin consuelo. El poeta
lo sabe. |
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Por
debajo de los bloques de espera que retrasan al
hombre, pasa el río que no espera. Sólo
nos queda el gesto de arrojar en él algunas
palabras y algunos abandonos. Tal vez lleguen antes
que nosotros adonde haya que llegar. Quizás
emerja allí una
flor hecha de agua.
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El
amor es una excepción del vacío. Pero
el vacío se concentra alrededor del amor. |
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No
me asusta hablar solo. Siempre he hablado solo.
Todos los hombres hablan solos. Además, es
probable que hablar con los otros sea otra forma
de hablar solo. Y es posible que hasta el amor constituya
otra variación del mismo soliloquio. Quizá
la única alternativa de hablar solo sea el
poema. O la oración, exista o no exista dios. |
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No
hay definiciones. Toda definición es una
abstracción, un conato de soberbia, un atentado
contra la realidad. Toda definición es un
agrupamiento parcial de atributos, ni siquiera una
selección rigurosa, porque para que fuera
esa selección sería preciso haber
conocido antes todo los aspectos de lo definido,
lo cual es imposible. Algo análogo ocurre
con todo conocimiento. Sólo van más
lejos la meditación, la contemplación
y la creación. Ante ellas, todo análisis
es miope. |
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Sólo
he escrito algunas aproximaciones, que quizás
hubiera preferido simplemente leer. Pero ¿aproximaciones
a qué? Si lo supiese, no hubiera escrito
nada. En cambio, si las hubiera leído, continuaría
leyendo, aunque conociera a qué es posible
aproximarse. |
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No
hay nada más inseguro que la vida misma.
Todos somos provisorios sobrevivientes. ¿Qué
estabilidad o certeza puede surgir de esta situación?
Hay que ver todas las cosas del hombre —también
su poesía y sus ideas— como restos
de un naufragio, que transitoriamente nos preservan
del naufragio total. Se comprende así que
Ortega y Gasset considerara a la cultura como un
movimiento natatorio: todavía la verdadera
cultura nos permite mantenernos a flote. Los muertos
y la incultura no pueden nadar. |
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Sin
concentración, silencio y soledad no puede
haber poesía. Nada exige una fidelidad mayor,
ni siquiera el amor o la religión. Sin embargo,
todo eso no es suficiente: son condiciones externas.
Falta la otra, la condición interna: el vuelco
interior hacia lo desconocido, lo no evidente o
lo inefable; la radical metamorfosis hacia el centro
de la realidad; la consumación de algo equivalente
a un nuevo sacramento, en el océano sin playas
de las formas. |
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| Esto
que llamamos el mundo no es un mundo, sino muchos
mundos superpuestos. Cáscaras de mundos,
unas sobre otras, con un fruto que desconocemos
en el centro. Los que habitan en una cáscara
difieren completamente de los que viven en otra.
La comunicación es imposible. ¿Por
qué nos llamamos todos hombres? ¿Por
qué existe sólo la palabra mundo para
designar este aberrante conglomerado de irreductibles
diferencias? No es suficiente que todo parezca estar
vivo. También la palabra vida abarca una
caótica diversidad de procesos antagónicos.
Tal vez haya una razón para esta falsa homogeneización
metafísica y su malentendido verbal: todo
muere. ¿Pero basta con eso? |
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Lo
peor de la televisión no está en sus
contenidos, sino en su naturaleza, su ritmo y su
tono. El flujo ilimitado de imágenes no sólo
apresa la mirada sino también el pensamiento
y no le permite volver, como se lo permiten el paisaje
o la pintura. El apresuramiento enajenante sofoca
la cadencia natural del ser humano y lo absorbe
patológicamente en un movimiento acelerado,
que vulnera su verdadero ritmo. La direccionalidad
binaria, asertiva y excesivamente pública
de la televisión, configura un mensaje decididamente
autoritario, si no totalitario. Pretender adaptarse
al lenguaje televisivo o utilizarlo como vehículo
para la educación y la cultura, constituye
un lamentable y peligroso malentendido. No es suficiente
televisar algunos programas parecidos a clases o
algunas lecturas de poemas, aunque tengan música
de fondo. La insustancialidad estructural, la deformación
del ritmo y el mensaje dirigido indiscriminadamente
a un receptor menos que medio, no son atributos
redimibles. Allí donde no caben la contemplación,
la reflexión, la pausa y el silencio, no
parece haber lugar propicio para el hombre libre
y creador, ni para el pensamiento abierto, cercado
además por la atadura comercial y propagandística
o política e ideológica. |
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